sábado, 1 de julio de 2017

Cuando el fin es solo el comeinzo

Todavía quedan sobre Rafael Nuñez algunas casas viejas. De diseño un tanto fuera de moda. Una pirca baja y rustica sin más decoración que su revoque y pintura blanca desgastada. Puerta de madera con vidrio repartido no muy clásico, más bien de esos que en algún momento fueron modernos y hoy ya no son ni una cosa ni la otra. Al ingreso lo primero que llama la atención es que no hay baño (hoy ya esta modernizado y hay uno muy lindo). En ese momento te preguntás si estás en el lugar indicado o te equivocaste.
Parados en la puerta, intentamos abrir pero está cerrado. Nos quedamos esperando unos minutos y de la casa contigua vemos salir un hombre grande y corpulento, por lo menos comparado conmigo. Peinado rasante y hacia atrás con cincuenta por ciento de canas. Morocho o tostado con cierto aire a tanguero. Se acercó y nos saludó mientras abría la puerta que se arrastra en el piso por lo hinchado de la madera.
Precario, sin carteles ni diplomas. Desde la sala de espera lo primero que llama la atención es la voz grave que retumba en las paredes del consultorio. Llegamos por recomendación luego de que nuestro primer pediatra nos pidiera que sacáramos todos los perros que teníamos en la casa y que el niño no podría estar frente al tele sino hasta los 20 años más o menos. Nos advirtieron que no trabajaba con obras sociales pero que sus precios eran accesibles. Nos dijeron que era muy humano y que sus consultas eran largas porque te llena de preguntas antes de revisar a tu hijo.
El caso es que mi hijo mayor nacido allá por febrero de 2006, no comía ni dormía de manera normal. Por ende,  no subía de peso como debía y para padres primerizos eso es tan trágico como preocupante. Fue por eso que decidimos visitarlo.
Nos presentamos diciendo de parte de quien veníamos y enseguida recordó a esos pacientes. Tomamos asiento y luego de aclararnos que no era pediatra y que trabajaba en infectología en el Hospital Infantil de Córdoba, comenzaron las preguntas. Empezando por cuando nació, pasando por cómo se llama, cuanto pesó al nacer, como es su día, como duerme, como defeca, como orina, etc. Luego de unos veinte minutos de preguntas sobre nuestro hijo nos consultó que nos traía por su consultorio. Le explicamos nuestras inquietudes y no nos interrumpió más que con preguntas que profundizaran la temática de la que hablamos. Nos hizo unas cinco preguntas más y la final de cada una repetía la frase, "la última y lo reviso". Después de cuarenta minutos sin tocar a nuestro hijo nos pidió que lo pusiéramos en la camilla y lo revisó. Oídos, cabeza, boca, vaso, etc. Terminada la revisación sacó su computadora personal, muy personal. Es en realidad un recetario en el que anota la historia clínica de sus pacientes. Medida, peso, fecha de nacimiento, etc. Después saca sus libros de antaño con curvas de crecimiento y vuelca los valores medidos en el bebe. Tarea que debiera ser sencilla, pero encontrar donde poner un punto en ese libro con otros miles de puntos marcados en él,  lo hacen más complicado de lo que parece.
Recién después de todo eso y refiriéndose en ocasiones a su paciente como "este guaso",  viene el diagnóstico, el tratamiento, los concejos y los pasos a seguir.
Es lógico creer que cuarenta minutos en el consultorio de un médico son intolerables para un bebé, pero hay lago en el tono de su vos que genera en los niños una especie de hipnosis auditiva que hace que no puedan dejar de escucharlo y mirarlo. Es el único médico que tiene más preguntas que sus pacientes.
En síntesis, mi hijo fue intolerante a la lactosa durante un tiempo y con leche de soja pudimos sacarlo adelante. En la guardería se enfermó una y mil veces y conseguimos escaparle a las neumonías. Más tarde fue operado de amígdalas y adenoides exitosamente y le cambio el sueño y la alimentación.
Luego atendió a mi segundo hijo y ahora atiende al tercero.
Probablemente más de uno crea que estoy describiendo a un buen médico o a uno parecido al suyo. Sinceramente no lo creo. Alberto es un tipo que nos ha dado tranquilidad en los peores momentos de enfermedades de nuestros hijos y sobre todo del mayor. Más de una vez parecía que tendríamos que internarlo y con absoluta tranquilidad nos sacó de esa problemática. Nos dedicó miles de horas a escucharnos cuando estoy seguro que a los dos minutos ya sabía que tenía nuestros hijos y cuál sería el tratamiento que nos daría. Es el único consultorio del que uno nunca será despachado, la consulta solo se acaba cuando ninguno tiene mas dudas.
Nuestro vínculo con él se fue haciendo más fuerte y el aprecio que sentimos excede largamente el trato paciente-doctor.
Nosotros nos somos los mismos padres que hubiéramos sido sin conocerlo. Nos enseñó a cuidar, criar y hasta a educar a nuestros hijos. La contención y tranquilidad que nos transmitió en momentos angustiantes es digna de una gran persona.
Alberto cumplió ayer su último día en el Hospital Infantil, se jubiló. Está cansado. Quiere disfrutar sus nietos, viajar con su señora y probablemente jugar al golf. Lo tiene merecido.


Seguirá con el consultorio al menos hasta que se canse también de eso. Mientras tanto, imagino cientos de padres entrando angustiados y preocupados pero saliendo contenidos, tranquilos, informados pero por sobre todo agradecidos.

El fin de una etapa, es solo el comienzo de otra.

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